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No hay nada más fácil que leer los correos de otras personas, ya que viajan desnudos por la Red. Valga la siguiente analogía. Un correo electrónico normal es como una tarjeta postal sin sobre, que puede leer todo el que tenga interés. Por consiguiente, la mejor manera de preservar la intimidad en los mensajes de correo electrónico es recurrir a la criptografía. Por medio de potentes técnicas criptográficas, el contenido del mensaje pude ser enviado cifrado, permitiendo así que sólo el destinatario legítimo del correo sea capaz de leerlo. Con este mecanismo se garantiza la confidencialidad del correo. Sin embargo, los modernos sistemas de seguridad del correo, como PGP y otros, no se limitan a cifrar el contenido de los mensajes intercambiados, sino que también añaden otros servicios, como la integridad, que garantiza que el contenido del mensaje no ha sido alterado por el camino; la autenticación, que asegura la identidad del remitente del correo, de manera que podemos estar seguros de que fue escrito por quien lo envió y no ha sido falsificado; y el no repudio, que nos protege frente a que posteriormente el que envió el correo (o lo recibió de nosotros) alegue posteriormente no haberlo enviado (o recibido si era el destinatario). Estos últimos servicios se prestan mediante las firmas digitales. Veamos a continuación muy brevemente cómo funcionan estas técnicas, en la siguiente página sobre cifrado.
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